miércoles, 3 de diciembre de 2008
Era su boca que chocaba con la vida y la muerte, el eterno silencio de sus ojos que no decía nada. Las palabras dolían cada vez cuando de sus labios, que se movían como olas, salían como balas y cuando callaban eran como un puñal frío que llegaba a lo profundo de mi alma. Las lágrimas caían como las gotas de la lluvia de verano, interminables gotas gruesas que llegaban al frío suelo, frío como su insensible corazón que latía como el de cualquier mortal mientras el mio parecía explotar del dolor. Desapareció después del siempre eterno silencio y me dejó en la esquina de la habitación, mezclada entre los pensamientos del pasado y los que vendrán, pensando que no será como pensamos, sintiendo que ya nada es real.
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